lunes, 30 de julio de 2018

La gente del chat I

Creo que la primera vez que busqué un chat gay fue por curiosidad, para ver qué encontraba, supongo que lleno de morbo esperando satisfacer esa curiosidad que deseaba sexo homosexual y esperando encontrarlo. Hubo un tiempo en que casi todos los días iba a un cibercafé para pasar horas dentro de una excitante sala de chat. 

El lugar perfecto para hablar sin ningún miedo de todo lo que yo quisiera sobre mi creciente pasión homosexual y el deseo que me provocaba sentir deseos relacionados con la verga de un hombre. Porque un chat es el perfecto espacio para decir todo lo que quieras sin temor. Para poder platicarle a un desconocido todo lo que sientes y todo lo que anhelas, todo lo que quisieras hacer y lo poco, hasta ese momento que has experimentado. Para hablar de tus fantasías y deseos, de lo que viste en aquel video y de lo que crees que sería súper excitante. Para exponer lo que sientes: tus miedos y sentimientos de culpa, contrapuestos al deseo y la pasión que sentiste cuando tuviste por fin frente a ti a un hombre desnudo con su pene totalmente erecto y la pasión te llevó a apoderarte de el, tocándolo y lamiéndolo.

El lugar donde encontraste a ese tipo que era tan parecido a ti, el que te dijo: "A mí me vale como seas físicamente, si no quiero andar contigo, sólo quiero coger. Los hombres no me gustan, solo me gusta coger con ellos". Eso mismo que tantos y tantos otros se negaban a creerte: "Pero no entiendo como digas que te gustan las mujeres y quieras coger con hombres". 

El lugar de tantísimas pláticas calientes, con la proliferación de la honomatopeya del placer que te hacían sentir cuando te estaban lamiendo las nalgas y metiendo el dedo, besándote golosos mientras te apretaban fuerte las nalgas y cuando te penetraban duro hasta llenarte el culo de caliente semen: "aaaaaaaaaahhhhhhhhh, así papí así, sigue mi amor, siiiiiiiiiigueeeeeee, mmmmmmmm, rico bebé", y en verdad tenía la verga parada y estaba totalmente excitado, con los calzones mojados y el corazón latiendo a mil.

Y aquellas historias de sexo escrito, imaginado cualquier situación prohibida y perversa. Mi favorita, la del cine. Con las miradas furtivas y la pena, con la escapada al baño dejando a mi novia en la dulcería, y con la cogidota que me ponían en el silencio del cruising en el baño del cine mientras mi mujer se preguntaba por qué me tardaba tanto en regresar. Esa y otras historias igual de excitantes, todas de pasiones prohibidas, con tipos de cualquier lugar, con la pasión homosexual al tope, deseando encontrar a alguien cerca para regodearme en sus brazos.

También el lugar de algunas citas. Citas frustradas en que me quedé esperando la penetrada que no llegó. Donde vi llegar a alguien tan distinto de quien se suponía que iba a llegar y decidí si quería irme con él de todos modos o dejarlo esperando. De supuestos ciberamores que duraron meses, en los que planeabamos el encuentro que nunca llegó en mi amor, mi cielo, mi vida, mi bebé, y todos esos adjetivos de los deseosos de sexo.


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